miércoles 12 de agosto de 2009

La caducidad.

Por más que intente explicártelo, en mi idioma suena ridículo. Quiero escaparme de este círculo que se mantiene estático; aguantar escondida en el silencio esta ironía, que como un niño preparó el destino, jugando a ser divino; se que otros han sufrido por mi causa lo que yo.

Hoy quiero sentir la nostalgia de los días pasados, caminar aún con este cuerpo cansado, entumecido, sentir que así caigo en tu vacío.

Quiero llorar con cada detalle, cada instancia que asalta mis recuerdos, abrigarme con el frío de tu indiferencia, surgir con el quemar de esta experiencia.

Y es que ya aprendí a gozar de la tristeza, a respirar a pesar de que me pesa, a sumirme en esta atmósfera fría y densa que con amor me besa y luego sin razón me deja.

Creo estar leyendo mis vivencias en un texto interminable, que el azar les negó el olvido como si fuera inevitable, y a pesar de estar escritas, su aroma agrio es casi tan palpable como el sabor de esa vez, la última que compartimos y que sin más vivimos, atrapados, cegados con la idea de su caducidad.




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