Hoy no tengo ganas de salir afuera, de mi nada espero, nada temo, nada quiero. Hoy es ese día en el que nada pesa, mi cabeza ya no apoya esta farsa, y decide confabularse para hacerme la guerra.
Quisiera poder dormir, entonces me acuesto. Consigo dormitar dos horas, y sin más efecto me despierto, con esa sensación de "nada" sumida entre las sábanas.
Consumo un tranquilizante con el pretexto de que "mañana es otro día"; así lo hacía hace un tiempo, y sin contar con mi intelecto, hoy reitero el hecho de anular mis sentidos, y me eximo de todo aquello que alborota mis latidos.
Camino perdida en mi conciencia, y hablo con extraños en mis sueños, allí no hay nada que temer. Con la vista busco al decrépito hombrecillo que tímidamente llama mi nombre, y lo sigo por el camino amarillo, rodeado de enmarañadas enredaderas que entorpecen la visión.
Al dar la vuelta a una esquina, encuentro a Alicia en el rincón, agobiada de preguntas, observa a su costado. El hombrecillo, asustado, me cuenta sobre la oruga; aquella que planta hongos que suspenden la cordura. Con curiosidad busco a la oruga, sin encontrar su paradero; certero, el hombrecillo, señala hacia unas rocas.
(...)
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